Bases para el Diseño de Intervenciones Psicosociales en Comunidades afectadas por la Violencia Política

27 de Noviembre de 2003

Elena de la Aldea

 

Si nos planteamos una intervención en salud mental a nivel comunitario, en poblaciones que han sufrido violencia política, militar, social, ante todo tenemos que tener presente algunos criterios de base previos:

1. Toda propuesta en salud mental deberá corresponder a la caracterización que del bienestar haga, tenga esa comunidad, por lo tanto, la salud mental será algo diferente según la cultura, la economía, la geografía, la organización social de cada comunidad.

2. Será necesario tener en cuenta las características de la situación de violencia vivida por esa población, la duración del conflicto, la implicación política o no de los diferentes grupos de esa comunidad con alguno de los bandos en conflicto, la protección/desprotección frente a los diferentes ataques, si hubo o no desplazamientos de poblaciones y el tipo de daños sufridos en diferentes planos: personas, viviendas, campos, edificios públicos, comunales, etc. Y fundamentalmente la persistencia o no de los riesgos de renovación o reinicio de los conflictos.

3. Mirar de qué postura en las concepciones de SM partimos, nosotros, los interventores. Si vamos a poner el énfasis en:

a) los daños sufridos por las poblaciones afectadas o

b) en las capacidades o fuerzas desplegadas para atravesar el conflicto

c) en la situación actual de esa población y en los recursos y necesidades presentes.

Esta elección no es ingenua o azarosa, está determinada por la pertenencia del grupo interventor y sus propias necesidades y orientaciones políticas e ideológicas.

4. Los niveles, cualidades y realidad de la demanda de intervención por parte de las poblaciones. Una cosa es lo que los profesionales pueden detectar y estudiar como problemas desde su perspectiva técnica y otra cosa, muy distinta, es que la población considere ése como su problema, y aunque así fuera, quizá no lo sienta como un tema prioritario en ese momento, en el cual deseen invertir tiempo, energía y recursos siempre escasos en poblaciones altamente carenciadas.

Todos sabemos sobre las distancias que existen muchas veces entre las propuestas que los organismos de financiación están dispuestos a apoyar –a través de los grupos que proponen las intervenciones– y los reales temas de preocupación de las comunidades. Y también sabemos que son éstas finalmente las que están obligadas a seguir las propuestas de aquéllas con el consiguiente desgaste, descrédito y resistencia pasiva. Así tenemos a las ONG muchas veces atrapadas entre ambas fuerzas y su propia necesidad de subsistir como tales. Con la expectativas de poder –de todos modos– hacer algo útil. Lo que no siempre resulta así.

5. Siguiendo con esta línea, tenemos así que incluir, en las lecturas previas a la intervención, a la institución o las instituciones desde las cuales se va a proponer la intervención. Y aquí apuntamos al tema de la legitimidad de la intervención sobre dos ejes:

  1. El ético:¿para quién estamos trabajando? (la respuesta a esta pregunta no será única, pero es imprescindible tenerla bien clara, pues de ella dependerán muchas de las formas y propuestas de intervención).
  2. El político: si estamos dispuestos o no a que nuestra intervención aumente el poder y la fuerza (de eso se trata la política, no?) de las comunidades.

Si estamos pensando en SM, los criterios de autonomía, confianza en sí, capacidad de actuar, defenderse, crecer, estarán siempre presentes en nuestra intervención, o deberían estarlo. La idea central debería ser que las personas con las que trabajamos devengan –lo más posible– en sujetos y actores de su propia historia. (“Ir del brazo con su destino”, diría Merleau Ponty).

6. Toda propuesta de intervención comunitaria debe contar con un grupo local que se haga cargo de la propuesta –la contraparte local–, que pueda funcionar de puente entre la institución y la población. Un grupo que sea significativo y respetado por la población, y al mismo tiempo que corresponda a los intereses, deseos y formas de pensar de ese grupo para llevar adelante la propuesta. Los de afuera tienen la ventaja (que les permite una mirada nueva) de serlo, pero también el inconveniente de no serlo (no conocen en profundidad, ni sufren ni gozan de esa cotidianeidad).

Creemos que el intercambio entre comunidades –puntos de vista, modos de trabajar, pensar, amar– es enriquecedor para todos los humanos, y ésta ha sido una costumbre desde los tiempos inmemoriales donde las poblaciones nómadas, los viajeros, los comerciantes, los navegantes iban y venían llevando conocimientos, prácticas y creencias por toda la Tierra. Somos esencialmente un animal curioso. Pero lo que nos parece negativo y lo que reiteradamente ha mostrado su ineficacia es la imposición de creencias, prácticas y objetivos de un sector, grupo o población sobre otra. Las coacciones suelen ser fallidas y poco duraderas, pero mientras tanto acarrean mucha sangre y dolor.

7. Un elemento de suma importancia en toda intervención comunitaria y particularmente en SM es la consideración de la temporalidad: los cambios de conducta, de relación social son lentos. Los procesos de modificación de pautas relacionales y sistémicas son pausados, aunque a veces una intervención externa en un sistema puede introducir aceleración por una percepción nueva de la situación, pero los modos concretos de llevar a las prácticas esa novedad suelen tomar tiempo. El intento de aumentar la velocidad de los cambios por necesidades de los técnicos suele tener efectos costosos y muchas veces riesgosos, produciendo efectos contrarios a los buscados.

8. En esta dirección debemos garantizar en las intervenciones los modos de seguimiento y sostén de las intervenciones, pues las comunidades tienen experiencias dolorosas y repetidas de abandonos por parte de los equipos externos. La recuperación de la confianza –a través de merecerla, claro– es también un modo de reaprendizaje de pautas preconflicto de reciprocidad y solidaridad, y un modo de curación de viejas y actuales heridas. NON NOCERE.

Para que la intervención pueda ir creciendo también en el tiempo es necesario implementar procesos regulares de evaluación del proyecto. En una evaluación cualitativa,en una primer etapa, esto se hace a través de dos procedimientos:

  1. del análisis de los modos en que se han ido realizando los pasos del proyecto, de los obstáculos que ha ido enfrentando y muy en especial de cómo se han ido o no superando esas dificultades y entorpecimientos, a fin de incorporar de ese modo prácticas de negociación y aceptación de las diferencias, y percepción de los mecanismos creativos locales de resolución de conflictos.
  2. de reuniones con el conjunto de los actores del proyecto para compartir el recorrido por su percepción subjetiva del proceso y los efectos del proyecto. Es necesario estar abierto al registro de estos datos pues muchas veces los efectos i,es decir los efectos impensados e imprevistos son mucho más ricos y prometedores que aquellos a los que apuntábamos.

Como en todos las acciones y dispositivos de la intervención estará presente el objetivo de Salud Mental que la ha orientado y motivado. En este sentido, las evaluaciones son momentos muy ricos para recuperar potencias y aprendizajes que han surgido en el trayecto. Esto puede hacerse nombrándolas, señalándolas.

9. Por último, otro punto importante a cuidar es la calidad y características de las personas: técnicos, profesionales, ayudantes que participan en la intervención directamente con la comunidad. La calificación profesional para las tareas que van a desempeñar tanto como su actitud de respeto y su capacidad de implicación en el proyecto pueden determinar fuertemente los resultados del mismo. También habrá que velar por la estabilidad del personal, pues entrar en contacto y confianza lleva tiempo, y si estas personas cambian habrá que empezar a reestablecer el vínculo otra vez. Algo muy necesario tanto para el equipo como para la población es cuidar de la salud mental de los miembros del equipo, se trata del cuidado de los cuidadores.

Algunas de las propuestas que se han planteado dentro del proyecto para la estabilización post-conflicto y rehabilitación psicosocial en comunidades alto-andina tienen que ver con las intervenciones comunitarias en Salud Mental desde la perspectiva de trabajar en la recuperación y desarrollo de las fortalezas y los recursos comunitarios propios. Se pretende apoyar la visibilización de estos potenciales cuando se encuentran opacados por los procesos de violencia vividos, y fomentar la revalorización de estos recursos y capacidades locales. Y esto en la dirección de fortificar las redes sociales y las sabidurías y facultades personales y grupales.

Es más habitual en la bibliografía sobre el tema encontrar análisis exhaustivos y minuciosos sobre los daños, problemas y secuelas de los conflictos armados en los individuos, y por ende sobre la implementación de respuestas clínicas o terapéuticas. Lo cual obviamente es importante pero deja de lado algunos de los efectos más destructivos de estos procesos violentos que son la ruptura de los lazos sociales y el debilitamiento de los vínculos y redes sobre los que se estructura la vida de una sociedad. Se produce caos en la organización social por la pérdida de la legitimidad de las leyes, y en muchos casos la muerte o desaparición de las autoridades o líderes naturales que las hacían efectivas y posibles.

Este dejar de lado el aspecto social del conflicto y centrarlo en lo individual no es casual, corresponde a una posición política ligada a mecanismos de dominación, ya que los individuos aislados son mas frágiles y vulnerables, mientras que organizados y socialmente ligados devienen fuertes y seguros, más conscientes de sus propios lugares y derechos.

Los humanos somos seres capaces de virtudes, grandezas, generosidades y sacrificios altruistas, y también de miserias, violencia y egoísmo. Para poder vivir juntos –lo que nos hace bien y nos gusta– hemos tenido que montar férreos sistemas de leyes, normas, reglamentos y castigo en caso de efracción para garantizar mínimamente esa coexistencia. Y aun así ésta es una convivencia siempre frágil y en construcción. Por lo tanto, cuando la violencia desata todos nuestros miedos y de ellos nacen todas nuestras violencias internas, ese frágil y duramente conseguido orden se rompe, y nos deja desamparados frente a nosotros mismos y los otros. En esos momentos, la reconstrucción de una nueva alianza es la labor primordial a realizar no sólo para conseguir la paz social sino para el reestablecimiento del equilibrio psíquico de los individuos y de las familias.

El humano, animal social por excelencia, se construye como tal con los otros y por los otros, edifica su yo en el espejo que son para él los ojos de su madre, su primer otro humano, se ve a sí mismo porque es mirado por otro. Ahí se conoce y se reconoce como siendo. (A nivel psicopatológico, por ejemplo, ese registro y reconocimiento del otro es un indicador fuerte de salud y su ausencia, de patología)

Tejemos con los otros iguales un modo de vivir y convivir. Cuando este modo es roto violentamente algo del sí mismo también se quiebra y entra en desorden. Los signos de este desorden son los síntomas físicos o psíquicos que aparecen, y que son al mismo tiempo los indicios de los modos dificultosos de intentar recomponer el orden roto. Por ello es necesario, imprescindible rehacer el tejido social que lo rodea para toda recuperación personal y para continuar el proyecto de la convivencia humana donde vuelve a ser persona, integrante de su grupo.

Como decíamos, la propuesta se centra, por todas estas razones, en trabajar en la reconstrucción de redes, de tejido social recorriendo diferentes caminos según los grupos etarios, de género, de afinidades o trabajos. Para ello se toman las diferentes rutas que cada comunidad ha ido proponiendo, a través de los talleres itinerantes que a su vez se organizaron sobre los resultados de los grupos focales en cada zona.

La idea es reforzar antiguas prácticas solidarias, creativas, festivas, culinarias, asociativas junto con los nuevos aprendizajes de los venidos de la ciudad, de los atravesamientos de la violencia y de la vida social que llega a través de los medios de comunicación, los visitantes, y otros.

Los talleres realizados con autoridades locales, promotores de salud, maestros, profesores, personal de salud, hasta de seguridad en un caso, permitieron observar y valorar la fuerza social que producen ciertas prácticas como el ayni y la minka, el concepto de reciprocidad quechua.

A nivel tanto individual como comunitario pudimos ver cómo, por ejemplo, el eje memoria–olvido, ideas tan recorridas por las instituciones en los últimos tiempos, contiene posibilidades contradictorias, tanto benéficas como entorpecedoras del crecimiento.

La memoria puede ser tanto:

  1. un proceso psíquico y social sanador, fortalecedor cuando se liga a las habilidades desarrolladas para sobrevivir en la opresión, y al descubrirse y recordarse como potente y hábil; cuando se encuentra en los recuerdos de los muertos amados o de las luchas llevadas adelante, los estímulos para vivir hoy, para crecer y crear un futuro: “en memoria de”, “en recuerdo de”, “en homenaje a”.
  2. como un elemento perturbador, paralizador cuando clava en un pasado mortífero e impide seguir adelante junto a los que quedaron y están hoy.

Así como el olvido tiene sus facetas:

  1. es positivo y permite reconstruir un presente cuando alivia de recuerdos torturantes.
  2. y es negativo cuando impide aprender de la experiencia y nos deja desprovisto de historia y raíces.

Así también la confianza trama red y solidaridad, y en ese caso es positiva para el individuo y para el grupo, pero la desconfianza también puede ser benéfica cuando por la persistencia del peligro anterior todavía presente permite protegerse, cuidarse y cuidar a otros.

Nos mostraban la necesidad que tenían en este momento de reforzar los recuerdos saludables y olvidar como un modo positivo de ocuparse de su hoy, de los problemas actuales, que por supuesto son secuelas tanto de la violencia política última como de la ancestral violencia económica y social que padecen desde antes, y todavía hoy viven sus consecuencias agravadas por las destrucciones y devastaciones recientes.

Fuimos viendo juntos prácticas que a nivel familiar mejoraban las relaciones del grupo tales como el trabajo juntos todos en el campo, almuerzos compartidos en familias más urbanas, paseos compartidos, fiestas familiares, el encuentro con el primer hijo, la fuerza del éxito de los hijos. El cuidado del otro así mismo es un indicador de salud mental, y el desarrollo de esta capacidad despliega la construcción interna del otro.

Del mismo modo aparecía la necesidad de reducir los elementos de perturbación familiar como las situaciones de precariedad económica y el consumo de alcohol, fundamentalmente de alcohol metilito, lo que nos lleva a otro plano, a la necesidad de intervención de las autoridades regionales y de salud.

En el vínculo con las instituciones se ve claramente que lo que beneficia, promueve salud mental es la posibilidad de un encuentro entre los padres y la escuela, en condiciones de respeto y de aceptación de los diferentes poderes que cada cual tiene y representa para el niño, y que en todo caso lo que se requiere, en cuanto a las medidas disciplinarias, es reconocer los modos de llevarlos adelante de la familia, tendiendo a que vayan modificándose, sin que ello suponga una pérdida de potestad de los padres frente a los hijos.

Vemos como muy problemáticas las prácticas actuales de descalificación y minimización de la familia,tanto de la escuela frente a los padres como de las campañas de defensa de los derechos del niño frente a los padres, poniendo a las autoridades de seguridad o justicia por encima de los padres, dejando a los chicos en situación de debilidad y orfandad muy delicada, después de que éstas se retiran. La lealtad natural de los niños con los padres, habiendo sido quebrada, es un factor extremadamente dañino para el psiquismo. Por supuesto esto no implica que el riesgo grave de vida deba ser minimizado, pero estas son las excepciones y no la regla.

Otras actividades que se observaban como promotoras de salud mental eran las ligadas con las actividades creativas y artísticas de niños y jóvenes, ya sea dibujo, canto, pintura, música, danza que podían ser promovidas desde la currícula escolar como también desde instituciones como las iglesias locales u otras.

La manifestación a nivel simbólico es una riqueza humana tanto en el plano expresivo como en la reparación de daños psíquicos, proporciona una distancia, a través del símbolo, que permite el lento, un muy lento acercamiento a la experiencia traumática, y reduce la actuación directa de la violencia internalizada. Los tiempos del trauma son “gota a gota” como dice Peter Levine, pues el trauma está inscripto en el cuerpo, y sólo desde allí va llegando la calma.

Las actividades creativas individuales y/o compartidas también describen y descubren las potencias psíquicas del ensoñamiento, la fantasía, la imaginación, y son fuentes de invención.

En lo que respecta al nivel comunitario, las propuestas estaban ligadas a la creación de grupos de música o bailes que se asociaran a las fiestas locales, a los concursos de producciones locales (chicha, wawa, etc.), al favorecimiento de los grupos deportivos locales donde los jóvenes pudieran encontrar espacios de competencia –lo que facilita la expresión de la agresividad en forma no dañina– y socialización –aprendizaje del hacer con otros, así como aprendizaje de los roles de liderazgo y la negociación–. La transmisión de saberes tradicionales tuvo su lugar en referencia a los tejidos, la cerámica, las tejas, etc. Las propuestas iban en la dirección de revalorar el ayni, minka y la solidaridad comunitaria que estas prácticas conllevan, así como los lazos con las prácticas comunitarias ancestrales.

 



[1] Conferencia presentada en el Encuentro “Estrategias de Intervención Psicosocial en Espacios de Postconflicto”, realizado en Ayacucho, Perú, los días 28 y 29 de Noviembre de 2003.

 

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